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Concluse a Sevilla le celebrazioni per P. Tejero

 

 

Roma, 10 dicembre 2009

 

Pubblichiamo l’articolo che il quotidiano ABC ha dedicato, nel centenario della morte, all’oratoriano P. Francisco García Tejero, fondatore in Sevilla (Spagna) di due Congregazioni religiose per l’assistenza ai più poveri.

 

Sevilla - Centenario de su muerte


Francisco García Tejero, fundador

de dos congregaciones religiosas sevillanas

 

El 8 de diciembre de 1909, festividad de la Inmaculada, murió en el Oratorio de Sevilla el padre Francisco García Tejero, a la edad de 84 años. Fue fundador de dos congregaciones religiosas femeninas, actualmente extendidas no sólo por España sino también por otras partes del mundo. Me refiero a las Filipenses Hijas de María Dolorosa, que tienen su sede central en la calle Hiniesta, y a las Misioneras de la Doctrina Cristiana, que tienen un colegio en el barrio de Heliópolis, en la calle que lleva el nombre de su fundador.


Me sorprende que la figura del padre Tejero sea poco conocida, por no decir de poca relevancia, en Sevilla. Tiene una calle con su nombre, pero si preguntas a un taxista, por ejemplo, o a un vecino de su calle, quién es ese señor, tal vez te responda que sea un padre claretiano, por eso de tener los claretianos colegio en esa calle.
 

La sorpresa es mayor si os confieso que ni siquiera está introducida su causa de beatificación. ¿Cómo es posible, habrá que preguntarse, habiendo fundado dos congregaciones femeninas? En Roma saben que no hay congregación femenina que se precie que no haya impulsado a su fundador hacia los altares. Pues el pobre padre Tejero ni siquiera goza de una biografía que dé a conocer su genio y figura a la gente. Su primera «biografía», entre comillas, inserta en otra biografía, la escribí yo en el libro titulado Dolores Márquez, sevillana del XIX, en el que relato las peripecias de la fundadora y de la fundación de las Filipenses junto con el padre Tejero, lo que en un principio, allá por el año 1859, se llamó «Casa de Arrepentidas». La madre Dolores Márquez ha tenido mejor suerte: ya es venerable por la Iglesia y se halla a la espera de un milagro reconocido que la aúpe a los altares con los loores de beata.
 

Creo que merece reseñar brevemente las andanzas de este soriano, nacido en Garray, a la vera de Numancia, y venido a Fuentes de Andalucía a la edad de nueve años, acogido en la casa de unos tíos suyos para ayudarles en la tienda que regentaban.
 

En Fuentes le llamaban Francisquito el Bueno y el cura del pueblo, que veía en él atisbos de vocación, le enseñó los latines. Vino a Sevilla y estudió en la Universidad, ayudándose con trabajos extras. Ordenado de sacerdote, entró en el Oratorio el 1 de mayo de 1852, junto con Cayetano Fernández, el de las «Fábulas ascéticas», escritas para su pupilo el príncipe Alfonso, futuro Alfonso XII.
 

En el Bienio Progresista (1854-1856), echaron a los filipenses a la calle y se incautaron del Oratorio, que daba a la calle doña María Coronel, convertido en cuartel. Tejero, cura joven e inquieto, se acogió a la parroquia de San Roque donde los domingos explicaba la doctrina a los niños. Como la peste asolaba Sevilla y se llevó aquel verano más de cuatro mil víctimas, Tejero se coló por los corrales de la feligresía, donde la epidemia zurraba con más fuerza, y de aquel caminar de corral en corral se le abrieron los ojos a un submundo sevillano desconocido para él. Formó lo que llamó Congregaciones Catequistas con fieles de su confesionario del Oratorio. Cada catequista debía tener cuando menos dos corrales a su cargo, visitándolos alternativamente y procurando formar pequeños grupos para la enseñanza del catecismo. El catequista, con los hombres; la catequista, con las mujeres. Cuando llegaba la ocasión, el padre Tejero, en medio del patio, lanzaba su prédica para todos los vecinos. Aquella tarde, el corral era una fiesta. Treinta y un corrales visitaban por este tiempo, según una lista del padre Tejero, con su distribución por calles y números. La mayoría de ellos ya han desaparecido. Ofrecen nombres muy curiosos, por ejemplo: Corral de la Concepción, del Dulce, de los Carros, del Ahorcado, de la Estrella, de la Morera, del Cura, del Indiano, de Cartuja, del Corujo, de las Cañas, del Cabañil, de Marillanos, del Agua, del Horno Quemado, de la Caridad, del Bucareli, de Mallen, de San Agustín, de Cadenas, de la Cence¬rra, del Horno Santa Bárbara, etc...
 

Al padre Tejero le quedó el mote de «Cura de los Corrales».
Estas Congregaciones Catequistas duraron hasta la revolución del 68. Pero antes, en 1859, Tejero visitó el Hospial de la Sangre o de las Cinco Llagas donde se había montado una Doctrina en la sala de Santa María Magdalena, es decir, donde se hallaban las mujeres de la vida.
 

Y surgió su idea de la «Casa de Arrepentidas», que derivó en una congregación religiosa con madre Dolores Márquez, de fundadora.
 

Y años después, en 1878, tras la restauración de la monarquía de Alfonso XII, dio forma a sus desfallecidas Congregaciones Catequistas y, con Mercedes Trullás de fundadora, lo convirtió en instituto religioso con el nombre de Hermanas de la Doctrina Cristiana, cambiado después por exigencias de Roma en Misioneras de la Doctrina Cristiana.
 

Tejero fue un hombre de carácter numantino, como la tierra que lo vio nacer, austero y con espíritu de sacrificio. Dentro de esa piel castellana recia y seca, había un hombre apostólico. Sobresalió en la predicación y en la dirección espiritual.
Madre Dolores se hallaba en Madrid en 1867 en busca de subvenciones en la Corte para su Casa de Arrepentidas. Y en carta a una religiosa de Sevilla le dice, refiriéndose al padre Tejero: — Yo digo que se le ha puesto en la cabeza ser santo y se sale con ello. Dios quiera que yo no me quede atrás aunque todavía no he empezado.
 

Madre Dolores no sólo no ha empezado sino que está a punto de llegar. Hace falta que sus hijas, y la ciudad de Sevilla, por qué no, den también su empujón hacia los altares a este padre filipense que hace cien años nos dejó. Amortajado fue con un Catecismo en el pecho, símbolo de lo que significó su apostolado.

 

Carlos Ros

 

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